LAS CARTAS
Eduardo Galeano
Juan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de Madrid. Miró la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola. Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le escribía desde lejos. Olía a rosas el papel rosado de aquella primera misiva, y estaba pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal de Lima.
El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo a España una nueva carta de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y creame si acuso a mi enemiga timidez, y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban entre el norte y el sur, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada. Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron temblar la mano.
Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, las cartas, el nombre, la delicada caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la respuesta y ponían manos a la obra. Pero con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron cambiando. Ellos proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa mujer que era hija de todos ellos, pero no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.
Entonces llegó el mensaje que anunciaba el viaje de Juan Ramón. El poeta se embarcaba hacia Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría. Los amigos se reunieron de urgencia. ¿Qué podían hacer? ¿Confesar la verdad? ¿Pedir disculpas? ¿De qué serviría tamaña crueldad? Mucho debatieron el asunto. En la madrugada, al cabo de algunas botellas y de muchos cigarros, tomaron una decisión. Era una decisión desesperada, pero no había otra. Y sellaron el acuerdo: en silencio, encendieron una vela y soplaron todos a la vez.
Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama de Lima: Georgina Hübner ha muerto.
LA ACLARACION:
Es de saberse que cada carta que JRJ enviaba a su amada Georgina era leída y respondida, no por una dulce doncella amorosa sentada frente al mar en la costas limeña, sino por un par de cultos empleados de oficina, talluditos y bigotudos y con alguna vocación poética. Uno de los dos, José Gálvez Barrenechea, era efectivamente poeta y con los años sería presidente del Perú. Y esa es la clave del drama: esos mozos universitarios, burócratas y versificadores, eran Georgina Hübner. Bueno, para ser precisos: existía una Georgina, de carne y hueso, prima de don Carlos Rodríguez Hübner, el otro de los cómplices del engaño, pero esa Georgina solamente era la encargada de poner en letra femenina las cartas dictadas por los jóvenes liróforos. Así, la “Georgina” de Juan Ramón, la que él recibía por correo trasatlántico, era un personaje inventado pieza por pieza y carta tras carta: un fantasma que existía sólo gracias a la prosa epistolar . El remate de la ficción, la apresurada muerte de “Georgina”, se debió a que, enterados los muchachos del posible viaje de JRJ al Perú, y pensando que la broma había llegado demasiado lejos, y que JRJ se llevaría un enorme disgusto, decidieron, de modo insano, cortar por lo sano la bonita historia.
Pero... ¿por qué? ¿Por qué esta ficción minuciosa y cruel? ¿O para qué?
Muchos años después, José Gálvez mismo, siendo ya ex-presidente del Perú, explicó el asunto: “En cuanto a la travesura a Juan Ramón Jiménez, reconozco francamente que la hice en compañía de un amigo y compañero de labores en la Sociedad de Beneficencia Pública cuando aún no tenía, creo, ni veinte años. Fue con el objeto de obtener sus libros que, por aquel entonces, no se conseguían en Lima.”
Gálvez, muerto a los 72 años en 1957, un año antes de que muriera un Juan Ramón ya poseedor del premio Nobel, no parece haber dejado claro si el gran poeta supo del engaño; pero yo quiero creer que, de haberlo sabido, Juan Ramón habría proclamado: No importa. Georgina existió para mí en un momento en que mi poesía la necesitaba. Ella es una inmortal de aquel momento".
(De Libertades imaginarias. Editorial Aldus, México, 2001)
Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima
JUAN RAMON JIMENEZ (Fragmento)
El cónsul del Perú me lo dice: Georgina Hübner ha muerto...
¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué día?
¿Cuál oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rozar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?
¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos... ¿para qué? Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos...
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
¡ah, Georgina, georgina!, para que tú te mueras
una tarde, una noche... ¡y sin que yo lo sepa!
El cónsul del Perú me lo dice: Georgina Hübner ha muerto”...
Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra.
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?