
No hubo tiempo para jugarnos por lo privado— dice María—. Lo público nos comió. Sólo ello fue válido. Y sin darnos cuenta cómo, nos robaron los muros del sesenta y ocho, y sólo nos quedaron las consignas del Santiago de los setentas...
Que ganase el Pueblo, no yo. Que viniese el socialismo para los desposeídos, yo no lo necesito para mí. Que ganen las masas, no importa que yo no pertenezca a ellas...
Pelear por el bienestar emocional era contradictorio con la lucha por el bienestar de las mayorías. La terapia era vilipendiada, entendida como un pecado de soberbia y autocontemplación. Ni el conductismo se salvaba...
Cualquier intento de introspección se calificaba como producto del ocio y la vanidad. La opción por la felicidad era considerada casi obscena...
—Pobre generación nuestra— insiste Sara—: su lógica fue siempre competitiva: sólo entendió la vida como victoria o derrota. Fuimos polarizados dogmáticos, enfermos de sectarismo...
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